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El enemigo en la puerta PDF Imprimir Correo
Escrito por Manuel de J. González   
Jueves, 09 de Marzo de 2017 21:22

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Para los estadounidenses, y desde hace al menos ochenta años, Rusia es “el enemigo” de su país. Ha habido otros a lo largo de esas ocho décadas, pero ninguno echa a correr la adrenalina del rechazo como lo hace el gigante euroasiático. El odio comenzó antes de que terminara la II Guerra en la que eran “aliados”.



Tan temprano como en 1943 AllenDulles, futuro constructor de la CIA, alentaba desde Suiza una paz separada con Alemania como medio para contener a “los rusos”, que entonces y hasta 1991, eran soviéticos, pero en la nomenclatura estadounidense siempre fueron la misma cosa. Aquella alianza oficialmente terminó en 1945 y desde entonces el conflicto subyacente se convirtió en guerra aunque nunca declarada. Tras la desaparición de la Unión Soviética en 1991 hubo una breve tregua – alimentada por la paz etílica de Boris Yeltsin – que desapareció tras la llegada al poder de Vladimir Putin en 1999.

En ese ambiente conflictivo entre enemigos jurados es que debemos enmarcar el análisis de las noticias que llegan sobre la vinculación entre la administración de Donald Trump con Rusia y la investigación que realizan las agencias de seguridad de Estados Unidos. Corrigiendo lo antes dicho, aclaro que lo que está en el tintero no es la relación de la nueva administración estadounidense con Rusia, sino lo ocurrido durante la recién terminada campaña electoral. Lo que está saliendo a flote se parece mucho a aquellos dramas intensos de la Guerra Fría protagonizados por las agencias de espionaje de ambas potencias.

El drama se volvió público en plena campaña electoral cuando oficiales de seguridad de Estados Unidos dijeron a la prensa que las revelaciones de Wikileaks de las interioridades del Partido Demócrata y la campaña de Hillary Clinton eran obra de la inteligencia rusa. Todo indica que a ese momento las agencias de seguridad de Estados Unidos, permanentemente desplegadas para monitorear al “enemigo”, ya habían detectado los contactos entre agentes rusos y ejecutivos de la campaña de Trump. Todo indica también que esas agencias de seguridad –tal vez por respeto a la política de no interferir en las elecciones o sencillamente porque no esperaban que Trump ganara– no fueron más allá de las filtraciones en torno al “hacking” ruso, pero siguieron de cerca lo que ocurría y grabaron o filmaron los encuentros detectados.

En medio del drama están algunos personajes dignos de la era del “cloak and dagger”. Uno de ellos es Sergey Kislyak, quien funge como embajador de Rusia en Washington y, como Putin, es un curtido veterano formado en el aparato de inteligencia de la URSS y que siempre ha operado bajo cubierta diplomática. En lo conocido hasta ahora encontramos a Kislyak como invitado especial a la convención del Partido Republicano donde se proclamó la candidatura de Trump, asistiendo a encuentros privados en la torre del magnate de Manhattan y en reuniones frecuentes con los principales oficiales de la campaña republicana. Todo indica que esos encuentros, y los de otros oficiales y agentes, fueron rutinariamente grabados y filmados y constan en los archivos de las agencias de espionaje. La última andanada de tuits lanzada por Trump, en la que acusa a Obama de mandar a grabar sus conversaciones, es una clara confirmación de que existe un voluminoso récord de todos los encuentros y lo que se habló en ellos. Más que una de sus típicas andanadas, en este caso el magnate parece estar curándose en salud.

El gobierno ruso nunca ocultó su fascinación por Trump al grado de que, tras confirmarse su elección, hubo una ronda de aplausos en el Parlamento seguida por breves discursos laudatorios de varios diputados. Su satisfacción estaba apoyada por lo que comenzó a verse tras los primeros nombramientos de Trump, particularmente cuando Michael Flynn, “amigo” de Rusia y frecuente contertulio de Kislyak, fue confirmado a uno de los más altos cargos del aparato del espionaje estadounidense, nada menos que jefe del Consejo Nacional de Seguridad. (Quien conozca la historia de Kim Philby, el espía soviético que llegó a dirigir el contraespionaje británico contra la URSS, puede ir haciendo comparaciones.)

Tras la elección de Trump, el “establishment” de las agencias de seguridad entró en acción y ya se apuntó dos éxitos de envergadura: la renuncia de Flynn y el arrinconamiento de Jeff Sessions, el Secretario de Justicia, ambos caídos en desgracia tras conocerse sus reuniones con Kislyak, las que habían negado.

¿Hasta dónde llegará este asunto? Obviamente el tema seguirá en las primeras planas y agrietando la administración de Trump. La interrogante que queda es si el efecto final se limitará a eliminar toda influencia del “’enemigo” en el nuevo gobierno, expulsando o aislando a los sospechosos de servirle, o si podrá amenazar la continuidad del flamante presidente. Una vez Sessions fue obligado a recusarse de participar en las investigaciones, la supervisión de estas caerá sobre el subsecretario Rod Rosenstein, un fiscal veterano quien, aunque Republicano, tiene fama de honesto. Hasta dónde llegará el asunto dependerá de lo que haya en el récord. A juzgar por la andanada de tuits de Trump contra Obama y las supuestas grabaciones por este ordenadas, en estas hay material suculento. La prensa que, al decir de Trump, es “maldita y enemiga” se encargará de ir publicándola en las próximas semanas. Antes de que llegue el verano tendremos una idea clara de hasta dónde subirá la marea.

Como sucede con todo escándalo, a veces lo más importante no es el acto ilegal o inmoral sino el esfuerzo que luego se despliega para encubrirlo. Cuando el caso Watergate, los traqueteos encubridores hundieron más a Richard Nixon que el escalamiento ocurrido en la sede de los Demócratas. En la conspiración que nos ocupa, ya vimos que la renuncia obligada de Flynn no ocurrió por haberse reunido con el embajador ruso sino por negarlo bajo juramento.

A juzgar por lo que sabemos de el, a Trump le cuesta aprender lecciones. Esta, sin embargo, debe estar aprendiéndola: flirtear con el “enemigo” es un juego riesgoso.

 

Fuente: Claridad

 

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